Era tarde. Aquel extrañamente caluroso miércoles de diciembre me sofocaba.
Caminaba entre aparadores del segundo centro comercial que visitaba ese día, mientras buscaba regalos navideños, más por compromiso que por gusto, intentando mantenerme ocupado en algo para no pensar. Pero no podía. Trataba de concentrarme en conseguir el último obsequio de la lista. Sin embargo, todo me parecía inadecuado. No estaba de humor.
Cansado, entré a la última tienda que parecía prometer ese último regalo. A decir verdad, en ese punto no podía evitar pensar. No podía huir de eso que atormentaba mi mente. No podía acallar por más tiempo esa voz en mi interior que me sacaba de quicio. Por ello, tomé lo primero que vi sin importarme siquiera ya.
Pagué por aquel artículo después de haber hecho fila interminables minutos. Al menos así me parecieron, pues sabía que algo dentro de mí andaba mal. Estaba inquieto. Ver a todas esas personas comprando regalos de último minuto al igual que yo no ayudó a mitigar mi aflicción. Ellos se veían felices, en familia, comprando obsequios para sus seres queridos. Todos caminaban con sonrisas en sus rostros. Grupos de amigos bromeando, parejas tomadas de la mano, niños que soltaban la mano de sus padres para correr a los aparadores de juguetes. Yo estaba ahí, entre ese mar de gente, sintiéndome completamente solo.
Salí de la tienda y me dirigí a tomar un café antes de regresar a casa. No quería estar de vuelta, pues todo me lo recordaría. Por eso pedí un descafeinado. Sólo quería llegar tarde y dormir. Quería dormir y no saber nada más.
Esperaba mi bebida cuando te vi allí sentada. Riendo. Feliz. No lo soporté. No sé qué hice para coincidir allí, contigo, cuando lo que menos quería era pensar en ti. No es que hubiera tenido mucho éxito hasta entonces, por más que lo intenté.
Nuestras miradas se encontraron una fracción de segundo al tiempo que me era servida mi taza de café. Desvié inmediatamente la vista y pedí mi bebida para llevar. Impaciente, me paré detrás de la mesera y la acompañé a la barra, intentando contener las lágrimas y vencer el nudo en la garganta que amenazaba con quebrarme la voz.
Caminaba de prisa con mi café en una mano y las llaves de mi carro en la otra, apretándolas con fuerza, presa de la rabia.
—¡Espera! —gritaste a mi espalda. Tu voz era inconfundible.
—Espera, por favor —repetiste mientras acelerabas tu paso y yo entraba en mi coche.
Bajé los cristales pero no di marcha al motor.
—Tenemos que hablar —insististe.
—Yo no tengo nada más que decir —contesté sin siquiera voltear a verte.
No hubo respuesta.
—Sube —dije al fin, con mi mirada fija al frente.
Observé como te enjugabas una lágrima mientras rodeabas el coche. Entraste y me observaste detenidamente, pero no podías articular palabra. Eso lo sabía con certeza. Te conocía tanto que supe que serías incapaz de decirme, lo que sea que tuvieras que decirme, a la cara. Me percaté que volteaste tu vista al frente y comenzaste a juguetear con aquella pulsera que te regalé, de manera nerviosa. Fue entonces que comenzaste a hablar.
—Salí con él —dijiste en un tono de voz que parecía disculpa.
—Lo sé, lo vi. ¿No deberías volver con él?
—Ya se fue.
—¿Y vienes a contarme lo bien que la pasaste? Creo que no necesito oírlo —te espeté.
—No… no… es eso. Quiero hablar contigo.
Silencio.
—Quiero pedirte disculpas.
—No tienes nada de que disculparte. Ni nada que explicar.
—Lo sé, pero puedo imaginar lo que sientes en estos…
—Lo que yo sienta o no es mi problema, ¿de acuerdo? —interrumpí.
Silencio.
—Tú y yo lo sabíamos —dijiste al fin, como excusándote—, ¿recuerdas? Sólo amigos, cero problemas.
Tus palabras dolían más de lo que pudieras imaginar, pero no quería tener esta discusión otra vez. Una lágrima corrió por mi mejilla; por suerte la mejilla que no veías.
—En eso quedamos desde el principio. Tú y yo lo sabíamos —repetiste.
—¿Y cómo es él? —me aventuré a preguntar. No quería oírlo, pero aun así tenía que saberlo.
—Me encanta —dijiste, con cierta mezcla de culpa y alegría en la voz—. Es caballeroso, atento y divertido.
—Me alegra. Espero que en él hayas encontrado lo que buscabas —dije tratando de mantener cierta frialdad. Sin embargo, el nudo en mi garganta hizo que se me quebrara la voz en la última palabra.
—Lo siento –dijiste, disculpándote de nuevo.
—¿Por qué?
—No lo sé. Por ilusionarte, creo. Por venir a contarte esto. Porque sé que te duele.
—No es tu culpa. Tú y yo lo sabíamos, ¿recuerdas? —dije, haciendo eco de tus palabras; tratando de hacerme el fuerte.
—Eso creo.
—¿Crees que será lo mismo que antes? ¿Entre tú y yo? ¿Crees que volvamos a ser los mismos confidentes? —pregunté.
—Lo intentaré.
—Eso no es muy prometedor —dije—, pero es mejor que nada, supongo.
—Me tengo que ir —bajaste del carro.
Me aferré con ambas manos al volante intentando contener mis sentimientos.
—Una cosa más —dijiste, asomando por la ventanilla.
—Dime —dije, volteándote a ver por primera vez durante toda nuestra charla. Observando esos ojos que un día me llevaron a imaginar lo que pudo haber sido entre tú y yo.
—Te quiero —dijiste mientras tus ojos se llenaban de lágrimas.
Diste media vuelta y te marchaste.
—Yo también te quiero —contesté. Más como para mí, en apenas un susurro. En la soledad de mi coche.
Autor: Christian Alexis López
Creador y Editor de Va de Amores




Deja un comentario