Aunque muchos no lo reconozcan y lo vean como absurdo, existe un concepto en el mundo de la psicología que es cierto: todos tenemos un niño interior. A continuación, una forma poderosa de sanar las heridas que ese niño no ha podido sanar para poder avanzar con más seguridad y amor propio.
¿quién es el niño interior?
El niño interior es una metáfora para denominar a la parte más vulnerable e inocente de nosotros. Esa parte de nuestro subconsciente que fue moldeada a raíz de las experiencias vividas en las primeras etapas de nuestro crecimiento.
Las primeras experiencias que todo niño atraviesa son muchísimo más importantes de lo que crees. Es en esos primeros momentos de la vida donde se moldean muchos de los comportamientos, creencias y formas de ver el mundo.
En la psicología de las relaciones existe la Teoría del Apego, que explica cómo la forma en que experimentamos el amor y cuidado de nuestros padres determina cómo nos relacionamos en la vida adulta. Seguro habrás escuchado hablar del apego ansioso o del apego evitativo, los estilos de apego más mencionados hoy en día. Y aunque este tema no trata directamente sobre los apegos, ayudan a entender cómo los primeros años moldean nuestros comportamientos futuros.
Cómo influye la infancia en tu vida adulta
Si nuestra relación con nuestros padres influye tanto en nuestras relaciones interpersonales, también influye en muchas otras áreas de la vida adulta.
El rol del padre o de la madre es de enorme importancia en un pequeño. Sin embargo, nadie nace sabiendo serlo. Ser padre se aprende con la experiencia y la práctica. El problema es que un niño no puede comprender que papá o mamá no saben del todo cómo hacerse cargo de sus necesidades. En muchos casos, ni siquiera saben gestionar sus propias emociones y necesidades.
Muchos tienen recuerdos gratos de la infancia, con la fortuna de haber contado con padres amorosos y maduros que guiaron y educaron lo mejor que pudieron.
Pero también hay quienes recuerdan su infancia de una forma muy diferente: abandono, exigencias desmedidas, falta de cariño o incluso violencia doméstica.
¿Y cómo influyen estas experiencias en el comportamiento actual?
Por ejemplo, quienes tuvieron que hacerse cargo de sí mismos desde pequeños porque sus padres trabajaban todo el día, probablemente hoy tienen dificultades para pedir ayuda y prefieren hacerlo todo solos.
Los hijos únicos que siempre fueron el centro de atención de sus padres, a quienes les celebraban victorias y acompañaban en derrotas, suelen convertirse en personas extrovertidas, seguras y desenvueltas.
En cambio, quienes fueron sobreprotegidos, a quienes sus padres cuidaban de todo y les contaban las consecuencias de arriesgarse como cuentos de terror, muchas veces hoy le temen a la vida, se mantienen en una zona de confort y toman precauciones exageradas.
Nadie puede elegir a sus padres. Nadie puede controlar cómo será su educación, crianza o desarrollo. Nadie puede decidir las fortalezas que descubre a temprana edad, ni los traumas a los que se enfrenta.
Pero si tuviste una infancia difícil con traumas e inseguridades que afectan tu forma de pensar y actuar hoy, no estás condenado.
Reparenting: qué es y por qué importa
El reparenting es un proceso de sanación en el que, como adultos, nos damos a nosotros mismos la crianza, amor y guía que desearíamos haber recibido de niños.
Este proceso es, en esencia, un acto profundo de amor propio. Aprender a ser tu propio padre o madre amoroso es una de las formas más poderosas de reconciliarte contigo mismo.
Puede ser muy efectivo si se acompaña de la guía de un terapeuta, quien puede ayudarte a identificar patrones, heridas no sanadas y formas de resignificar lo vivido. Sin embargo, también puedes comenzar por tu cuenta.
Cómo empezar tu proceso de reparenting
El reparenting suele enfocarse en el autoconocimiento y la autoexploración emocional, tomando como centro a nuestro niño interior para reconocer sus heridas y necesidades insatisfechas.
1. Reconoce tus patrones
El primer paso es darte el tiempo de analizar y reconocer cuáles son los patrones de comportamiento que quieres cambiar, tus pensamientos negativos y creencias limitantes. Si te resulta más fácil, anótalo.
Explora todo aquello en tu vida que no te gusta, que te hace sentir triste, molesto, pequeño o insuficiente. Lo primero es reconocerlo.
Ejercicio:
Toma un cuaderno y anota tres frases que suelen venirte a la mente cuando te sientes inseguro o insuficiente. Luego, cierra los ojos un momento y pregúntate: ¿cuándo fue la primera vez que me sentí así? Permítete recordar sin juicio y observa qué emociones aparecen.
Por ejemplo, quizá descubras que uno de tus patrones es que te cuesta mucho gastar dinero en ti. Aunque ganes lo suficiente, sientes que no debes darte un gusto, como si no lo merecieras.
Ahora piensa: ¿por qué me siento así?, ¿qué me hizo creer que no merezco gastar dinero en mí? Tal vez recuerdes que tus padres atravesaban dificultades económicas y no podían cumplir tus antojos. Eras demasiado pequeño para entenderlo, y lo que aprendiste fue que gastar en ti era un tabú, un lujo prohibido. Había cosas que otros niños podían tener y tú no, y quizá pensaste que tú no lo merecías.
La mayoría de nuestros patrones de comportamiento tienen un origen. En algún momento, aprendimos a pensar así.
2. Háblale a tu niño interior
El siguiente paso es entrar en el papel de papá o mamá y hablarle con compasión a tu niño interior. Contarle la historia verdadera, la historia que hoy comprendes, y darle la guía que te hubiera gustado recibir.
Ejercicio:
Imagina que tienes frente a ti al niño o niña que fuiste. Míralo a los ojos y dile con ternura: “No fue tu culpa. Hoy estoy aquí para cuidarte, amarte y acompañarte”. Puedes hacerlo en voz baja o escribirlo en una carta.
Durante este proceso, pueden surgir sentimientos incómodos: rabia, impotencia, tristeza. Puede que recuerdes abusos o malos tratos que en su momento normalizaste, pero que hoy reconoces como inaceptables.
Esto es parte del proceso. Aquí también debes asumir el rol de tu propio padre o madre, acompañándote de la manera en que hubieras querido ser acompañado.
Si en este camino surgen recuerdos muy dolorosos o difíciles de manejar, buscar ayuda profesional es un acto de amor hacia ti, no una debilidad.
Se vale enojarse, pero también se vale darte las disculpas que nunca recibiste. Ofrecerte las explicaciones que de niño no te dieron.
3. El perdón como liberación
Finalmente, el perdón.
El adulto que eres hoy puede entender que tus padres no eran perfectos. Nadie los enseñó a cuidarte, entenderte o amarte. Hicieron lo mejor que pudieron con las herramientas que tenían.
Perdonar no significa justificar, sino liberarte para seguir adelante.
Siempre puedes elegir resignificar lo sucedido, y que el adulto que eres hoy le cuente a tu niño herido una versión de la historia que le dé paz y lo ayude a avanzar.
Cerrar el ciclo
El reparenting se trata de ser consciente de que hoy estás tú para cuidarte. Date el amor que hubieras querido recibir, háblate con la compasión que hubieras querido escuchar y trátate con el respeto que sabes que mereces.





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