La Carta de la Abuela

—Era jugador de fútbol. Arquero —empezó a contarme mi abuela, mientras me mostraba una foto vieja, de color sepia, en la que apenas se distinguían los rostros de once hombres con equipo deportivo.

—¿Cómo era?

—Era alto, grandote, tan buen mozo… Usaba siempre el pelo engominado, peinado para atrás. Y cuando se reía… ¡Ay cuando se reía!… Tenía los dientes perfectos, blancos, derechitos y, como tenía voz gruesa, cuando largaba una carcajada se enteraba toda la cuadra. Me acuerdo que una vez me sacó a bailar en uno de esos bailes del pueblo. Bailamos un lento y, cuando me agarró de la cintura, con esas manos grandes, se me puso toda la piel de gallina —hizo silencio mientras buscaba en el cajón—. Mirá acá, esta otra —dijo mientras me mostraba otra fotografía—. Esta era la panadería donde trabajaba. Su padre era panadero, y después que murió su esposa, él empezó a atender el local. Era una familia humilde. Cuando se enfermó la madre él la cuidaba; era muy cariñoso con ella. Fue un golpe durísimo, cuando se murió. Teté, mi amiga, era prima suya. Y ella me contaba que él era un muchacho muy sensible, y que, desde ese momento, cargaba con mucha tristeza, y mucha responsabilidad también, por tener que trabajar en la panadería y acompañar al padre. Era un poco solitario porque entre el trabajo, el fútbol, el estudio y estar con su papá, le quedaba poco tiempo para tener amigos. Tenía compañeros de colegio, pero amigos no. Tampoco le daba mucha bolilla al estudio, no era estudioso, pero era inteligente de otras formas, y buena persona, muy buena persona, que eso es más importante que ser inteligente. Teté quería que él se pusiera de novio conmigo, porque decía que cuando me miraba le brillaban un poco los ojos, y eso pasaba cuando se ponía contento.

—¿Y qué pasó? ¿Por qué no se pusieron de novios?

—Me tuve que venir a Buenos Aires, con mis padres. Y él tenía que seguir en el pueblo, ayudando a su papá, jugando a la pelota. Le hicieron una nota una vez, la tengo acá guardada —los dedos buscaban apurados entre los papeles que al moverse desprendían un inconfundible olor a humedad—. Acá está, mirá, “La promesa de Beruti”, parece que era muy bueno, y lo querían traer para probarse en un equipo grande de acá, pero él no quiso, no podía dejar al padre solo. Así era él, pensaba más en los otros que en si mismo.

—¿Nunca volviste a buscarlo al pueblo?

—¡No querida! Después de un tiempo, yo hice mi vida acá. Y antes que dejemos de hablar con Teté, ella me había contado que él se estaba por casar, porque había embarazado a una mujer. No estaba enamorado, pero como era tan responsable, se hizo cargo y se quedó con ella. Después, tuvieron dos hijos más. Era muy buen padre al parecer. Cuando murió, la tía Chicha me contó que los hijos escribieron una carta que salió publicada en el diario de Beruti. Hablaban maravillas de él. Un hombre amoroso, dedicado, compañero, buen padre, buen marido, buen jugador, “en la cancha y en la vida”, terminaba diciendo. Esa frase la tengo grabada acá —concluyó, tocándose la sien con el dedo índice.

La mirada le quedó pérdida unos segundos, observando sus manos viejas apoyadas sobre esas
fotos, recortes de diario y papeles ajados. Una lágrima se le escapó y rápidamente la disimuló,
para que no me diera cuenta. Agarró un sobre y me lo dio.

—Tomá, guárdate esto nena.

—¿Qué es?

—Es una carta que le escribí hace cuarenta años, en un momento en que estábamos peleados con tu abuelo y fantaseé con la idea de ir a buscarlo. Pero nunca se la mandé. Guárdala vos, como un recordatorio, para que si alguna vez te pasa como a mí, no repitas mi historia.

Autora: Wan Rivera.
Licenciada en psicología y escritora. Nació y se crió en Capital Federal, Argentina.


Descubre más de Va de Amores

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Sígueme en mis redes sociales


Suscríbete a nuestro newsletter y recibe las nuevas entradas directamente en tu bandeja de entrada.

← Volver

Gracias por tu respuesta. ✨

Deja un comentario